Desesperados de San Juan
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River se entrenó en el estadio de Desamparados y revolucionó a la ciudad: hasta en las escuelas dejaron que los chicos salieran antes…
MARTIN BLOTTO mblotto@ole.com.ar
Te acordás lo que sentiste cuando viste la primera película de minas en bolas? Bueno, esa misma emoción tiene la gente de San Juan por ver a River. Está enloquecida”. Oscar, tachero porteño radicado en esta ciudad desde hace 14 años, describe de una manera muy particular la locura que despertó la presencia del plantel de Passarella. El micro de dos pisos que circula por el centro no transporta a la Coca Sarli ni a Moria Casán. Tampoco a Luciana Salazar, Silvina Luna o Wanda Nara. Sin embargo, una decena de adolescentes persigue el vehículo al pique, como impulsados por una erupción de hormonas. En realidad, a los pibes los empuja la pasión por River. Más de 1.500 personas se amontonan en la puerta del hotel Alkazar y en la cancha de Desamparados para llevarse una firma, una foto, un saludo o al menos una mirada de los jugadores.
Desde el hotel hasta la cancha hay unas 30 cuadras. El micro avanza lento y los chicos intentan ponerse cara a cara, ventanilla de por medio, con los jugadores. En el humilde estadio de Desamparados, un puñado de policías interrumpe el contacto: “No se puede entrar”. Algunos se resignan a esperar. Otros trepan a los secos árboles que rodean la cancha. Casi al mismo tiempo, los directivos Pablo Singerman y Jorge Carullo consultan con el cuerpo técnico y el grupo. “Podríamos dejar pasar a la gente, ¿no?”. Tras el inmediato okey, a las 11.09 empieza la fiesta, la procesión de toda una ciudad.
De boca en boca se hace correr la noticia. Llegan cientos de chicos y chicas con sus guardapolvos puestos y carpeta en mano. Algunos se hacen la rata, a otros los dejan salir del colegio Pérez Hernández, que queda a dos cuadras. Familias enteras abandonan el almuerzo. Los abuelos lo disfrutan como una salida turística. Los pibes de las Infantiles de Desamparados aparecen con sus uniformes. Y mientras los jugadores trotan, baja con timidez el “Orteeega, Orteeega” y el grito de las adolescentes enamoradas hasta de juveniles desconocidos para ellas, como Emmanuel Martínez.
Los hinchas están llenos. Sólo los más desesperados se quedan a cazar un autógrafo o a robar una foto, aunque sea de lejos o con el vidrio del micro de por medio. Passarella y un grupo de jugadores les firman a los que pueden mientras se retiran, con la satisfacción de haber hecho feliz a todo un pueblo con un simple gesto que no es habitual. Sería bueno que este ejemplo se vuelva rutina, porque la grandeza de River no sólo se debe demostrar en la cancha.
SAN JUAN (ENV. ESPECIAL).
Fuente: Ole.com.ar
