El Kaiser dirigió su última práctica, se despidió del plantel en Ezeiza y dijo que renunció porque se lo había prometido a la gente. “Mi palabra es inquebrantable”.

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El Kaiser, a punto de anunciar su adiós de River.

JAVIER SCHURMAN  jschurman@ole.com.ar

No había ni un hincha afuera del predio de Ezeiza cuando el Mercedes Benz negro cruzó el portón de salida, exactamente a las 12.35. En el auto estaba Daniel Passarella. Afuera, un lastre de camarógrafos y periodistas le seguían los pasos, los últimos del entrenador en esta segunda etapa en River. Luego de exigirle de manera brusca a Oscar Vázquez —su fiel “coordinador del plantel”— que le corriera el coche, se fue solo. Aunque ya lo estaba desde hacía rato.

El día del juicio final había pasado. Arsenal le robó el dejo de continuidad que le quedaba. Passarella cumplió con su promesa: se fue, renunció, se despidió como lo anticipó el 25 de mayo, al leer la famosa carta, porque “mi palabra es inquebrantable y prefiero sentirme íntegro”. Ayer condujo su última práctica. Llegó a las 9.37 y tres horas más tarde era historia.

La mañana lo encontró bajoneado, pero con el suficiente orgullo como para mostrarse entero ante los demás. Tras charlar con sus colaboradores en el vestuario (también se van Sabella, Pitarch, Kohan, Sato y Ferrero), y mientras los jugadores deambulaban por el campo de juego, llegó la orden: todos adentro. Ya eran las 10.18.

Daniel Alberto encaró al plantel con tranquilidad. No duró mucho la exposición. Comunicó la decisión, volvió a agradecer el esfuerzo y el compromiso, y pidió que trabajaran como si fuera un día más. Doce minutos después empezaron a salir otra vez al campo y se dividieron en grupos, mientras Passarella deambulaba por la cancha uno con el celular pegado a su oído derecho y Vázquez siguiéndolo de cerca. ¿Hablaba con Aguilar? ¿Consultaba a otros directivos por su llamativa ausencia?

Cuando cortó la comunicación caminó hacia la segunda cancha, donde se movía el grueso de los jugadores (los arqueros trabajaban aparte), pero los siguió de lejos. Continuó pegado a Vázquez, intercambió algunas palabras con Kohan. Recién a las 10.52 se acercó hacia donde estaban los que no jugaron con Arsenal, aunque se quedó a un costadito, mirando. Ido. Pasaron caminando los titulares. Ahí el técnico dio unos pasos junto a Buonanotte, abrazándolo. Siguió yendo y viniendo durante un rato, solo. Demostrando cuánto cuestan las despedidas.

Después de ducharse y cambiarse reapareció con un saco beige a cuadros, pantalón oscuro y zapatos marrones. Se sentó en una improvisada mesita, solo, hasta que le pidió a Vázquez que ocupara una de las tres sillas vacías. Miró al frente: había 15 cámaras, más de 40 personas. “No sé qué pasa que hay tanto revuelo”, dijo. Sacó un papel del bolsillo derecho del saco, “un machete para recordar lo que voy a decir”.

No fue mucho.

Cuestionó los interrogantes acerca de su salida (”yo leí una carta y obviamente voy a cumplir con mi palabra)”, marcó su postura idealista (”a mí siempre me gusta redoblar la apuesta”) y aclaró: “No es por miedo que me voy”. Reforzó la idea del compromiso asumido y dejó picando la duda: ¿sin el antecedente, se habría quedado?

Se sintió “con mucho dolor”, se mostró agradecido “a los jugadores”. Absorbió las críticas con algo de ironía (”estuve en pocos triunfos y en muchísimas derrotas”) para comentar cómo sufrió al ver a sus dirigidos “llorando, acongojados”. Le dedicó un párrafo a Ariel Ortega y se adjudicó parte de la recuperación del ídolo. “No lo vamos a dejar de lado”, avisó.

Les deseó felicidades a “los hinchas de verdad” y se ilusionó con que River festeje el próximo campeonato, aunque ya sin él.

Y se fue. Solo.

Fuente: Ole.com.ar

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