El Burrito jugó casi una hora bajo la garúa, asistió dos veces a Zárate y volverá a ser titular el domingo. “Me sentí bien”, dijo.

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Ariel, con barro, domina la pelota. Lima lo admira.

JAVIER SCHURMAN  jschurman@ole.com.ar

La pelota va hacia el lateral, y él también. El tipo corre desesperado, mueve cada uno de los músculos de la cara, gesticula y su expresión derrocha esfuerzo, compromiso, ganas. Toca la bocha intentando pararla, pero se le escurre y queda ahí, flotando en un charco, del otro lado de la línea de cal. Y se brota. Insulta, le da un puntapié a la redonda y la revienta contra el alambrado, enfurecido por esa derrota. He aquí lo extraño: su equipo gana, gana 2 a 0, gana con dos asistencias suyas. El tipo es Ariel Ortega.

Es el Burrito que está de regreso después de la distensión en la cara posterior del muslo derecho. Es el enganche de River que ya está listo para volver al equipo y que ayer, en una práctica de fútbol entre los que no jugaron (o jugaron apenas un rato) frente a Arsenal, dejó en claro que se muere por estar contra Lanús. Y que de sus pies sigue lloviendo fútbol.

“Me sentí bien”, le deslizó el jujeño a Olé mientras trotaba hacia su auto, bajo la garúa, después del ensayo de 50 minutos en el predio de Ezeiza. “¿Si voy a jugar? Vamos a ver”, respondió el Burro al galope.

Va a jugar.

Porque a pesar de que Sixto Peralta cumplió en su

ausencia, para enfrentar a Lanús podría faltar Fernando Belluschi, quien debe una fecha de suspensión. Con Augusto Fernández y Oscar Ahumada algo averiados, Daniel Passarella imagina el regreso del 10 para que se suba la responsabilidad al lomo y le dé a River dos quiebres: el de su cintura y el que demuestre, ganando, que se puede pelear el campeonato.

Mientras, el Burrito probó que no tiene ni rastros de la distensión y sí la calidad intacta, el fuego interno de querer siempre más. Lo de ayer, con la cancha pesadísima y una formación sin continuidad, fue el botón más claro. Ortega resultó enlace más allá de la función en sí. Fue el nexo entre los del medio y los de arriba, el cerebro de los ataques del equipo amarillo, el asistidor del goleador de turno. El Roly Zárate disfrutó de las dos perlas de Ariel y así lo hicieron sus compañeros de team, que aprobaron las dos intervenciones con húmedos aplausos.

Fue, la primera, una cesión de fantasía: el jujeño recibió por el centro del ataque apenas tirado hacia la izquierda y empaló la pelota por encima de la defensa, dejando al Roly frente a Carrizo -definió fuerte, de derecha, abajo-. La segunda contó con una participación más nutrida: Burzac cruzó la pelota larga hacia Antonio, éste la paró en lo alto y la bajó para Ortega, que armó una doble pared con Zárate para dejarlo otra vez mano a mano con JP: bombazo de aire, pique al piso y bocha adentro. Y 2 a 0.

Después llegó la bronca del Burrito por no llegar a atrapar una pelota que se iba ¡al lateral! Se recostó un poco más hacia la derecha para aprovechar los huecos que dejaba Ponzio en sus subidas, pero con menos aire. Se fue apagando su equipo como también se le habrán cansado las piernas por el desgaste. Se alegró por el pitazo final de Sabella y se quedó elongando a un costado, charlando con los más jóvenes. Se bañó, se cambió y se fue apurado, sonriente, esperanzado por un regreso que era cantado y que será bienvenido. Si juega así, volverá a llover. No por el milagro: lloverá fútbol.

Fuente: Ole.com.ar

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